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Date :  2002-03-08
langue :  Espagnol
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¿Otro mundo sin guerras es posible?

Source :  Hugo Biagini


El Foro Social Mundial (FSM) celebrado a principios de febrero en Porto Alegre invocó una postulación pacifista como la transcripta en el encabezamiento pero de un modo taxativo, sin ningún interrogante. Dicho congreso, al que acudieron unas 80.000 personas, podría perfilarse como el cónclave más multitudinario registrado en la historia universal. El mismo viene a inscribirse dentro de esa correntada que, a mediados de la década anterior, ha ido irrumpiendo desde los nucleamientos civiles y las fuerzas sociales para medirse con el fenómeno de la globalización financiera y su andamiaje ideológico, a los cuales dichas entidades suelen identificar con el neoliberalismo o con las políticas orientadas por los grandes organismos económicos y las naciones hegemónicas. Entre tales cuestionamientos figuran desde la especulación rentista, la deuda externa, el deterioro ambiental, la desregulación estatal o los ajustes estructurales hasta el mismo sistema capitalista como tal. Todo ello ha permitido trazar diversos parangones con el espíritu autogestionario de los sesenta, con la diferencia de que en la actualidad pareciera asistirse a un movimiento más profundo, diversificado y pluralista que en aquel otro período de cisma generacional y rupturas cualitativas. Según lo han puesto de relieve distintos expositores, no se trata de oponerse ahora a todo intento de mundialización sino por lo contrario de empeñarse en globalizar otras expresiones vitales decisivas que han sido seriamente vulneradas por el modelo dominante: la esperanza, la justicia, la solidaridad, la conciencia, el trabajo, la ciudadanía, los intereses mayoritarios. En rigor de verdad, se apuesta por una globalización ética, humanista, sustentable e inclusiva.
La mayor innovación que ofrece el FSM, con respecto a muchas de las formaciones contestatarias precedentes radica en su carácter propositivo y en la genuina festividad cívica que lo acompaña. En su Carta de Principios, aquél se postula como un espacio alternativo frente al neoconservadurismo, al imperio del capital, a la visión simplista y totalitaria de la historia, al uso de la violencia como medio de control social. Su meta afirmativa consiste en tender hacia la construcción de un orden planetario democrático centrado en el respeto a los derechos humanos. Mientras en el primer Foro Social se levantaron consignas como “la fuerza de estar juntos” y “la tierra no es una mercancía”, durante el último evento la simbología giró en torno a la paz y a la idea transformadora de que “somos lo que osamos ser”. Entre las propuestas más significativas de la segunda convocatoria –efectuada tras el flagrante ataque a las Torres Gemelas y la escalada represiva estadounidense– se planteó la necesidad de que las ONGS y los sindicatos promuevan medidas restrictivas al flujo financiero; que la Corte Internacional de Justicia declare la ilegitimidad de la deuda externa; que la Organización Mundial de Comercio deje de incidir en sectores como educación, salud y cultura; que en las escuelas se desenmascaren los anuncios publicitarios y el consumismo superfluo; que se impulse un debate internacional sobre los gastos bélicos y se le recalque a la ONU su misión de velar por la paz mundial.
El leitmotiv del FSM 2002 se vio reforzado por la asistencia de varios premios Nobel de la Paz (Rigoberta Menchú, Pérez Esquivel, Vandana Shiva), aunque el mayor atractivo lo ejercieron otros exponentes como Chomsky, Saramago y Lula. El primero desmitificó el flanco central de la globalización que suele presentarse como una expansión bienhechora inducida por el libre comercio. Además de empobrecer a los pueblos inermes, el proceso globalizador está regido por oligopolios e megacorporaciones que anulan la mentada competencia y reciben un amplio apoyo oficial al socializarse los costos y riesgos empresariales, mientras los Estados nacionales terminan siendo sustituidos por la tiranía privada. Como aspectos positivos, Chomsky destacó la importancia del FSM en tanto ocasión inédita para la unidad de las fuerzas populares y  en la mejor tradición intelectual iniciada por Thoreau en su propio país o en la línea de filósofos antibelicistas como Bertrand Russell  propuso la desobediencia civil para enfrentar la globalización financiera y el militarismo norteamericano. Ello marcó una suerte de contraste con el temor reflejado en el Foro Económico de Nueva York (ex Davos) – manejado por “los amos del universo” – sobre la devastación que podían producir las armas biológicas si cayesen en manos de extremistas.
El propio Chomsky rescató la índole auténticamente globalizadora de los movimientos obrero y progresista que, desde sus comienzos, han bregado por una interacción supranacional en beneficio de la población. Asimismo, se refirió a la creciente desilusión pública que suscita la democracia formal a raíz del neoliberalismo. Otro laureado con el Nobel, el escritor José Saramago, denunció en su comunicación la manera en que los gobiernos electos se van camuflando cada vez más hasta convertirse en comisarios políticos del poder económico y reclamó en su ponencia que se auspicie una gran discusión mundial en torno al declive de la democracia. Por su lado, el candidato presidencial del Partido de los Trabajadores, Lula da Silva estableció la siguiente distinción: mientras en el Foro Económico Mundial (FEM) se busca cómo acumular riquezas producidas por la humanidad y Bush arguye por otra parte que el terrorismo implica la falta de respaldo a su política guerrera, allí en Porto Alegre la preocupación consistía en cómo distribuir esa riqueza equitativamente y en obtener una paz con justicia social.
Un sitio relevante fue ocupado por la crisis abismal que atraviesa la República Argentina, la alumna más aplicada del recetario neoliberal. A la luz del rechazo generado en América Latina hacia la corrupción de la justicia ordinaria, de los partidos tradicionales y del parlamentarismo, hubo una marcha en solidaridad con los trabajadores argentinos y se entonaron estribilllos de este tenor: “Argentina, Argentina / la lucha no termina”, “Un pueblo en la calle es la solución / Viva la Argentina y la revolución”, “Uno, dos, tres, cuatro, cinco mil / vamos a hacer un argentinazo en el Brasil”. Más allá de sus motivaciones y fines últimos, los cacerolazos deben haber jugado un papel catalizador, tanto quizá en su aptitud para la auto-organización ciudadana, tumbar gobernantes y meter en aprietos al FMI como en sus demandas para que no se perjudique el ahorro popular, se remueva la Corte Suprema de Justicia, se estatice la banca y las empresas privatizadas, se controlen los planes trabajar, se anule la ley de reforma laboral o se de a conocer el patrimonio de los gremialistas. Sintomáticamente, en la Plaza Argentina de Porto Alegre, inauguró una placa en homenaje a ese pueblo rioplatense un funcionario municipal, Gerson Almeida, quien, como estudiante, fue gaseado en 1980 cuando procuró alterar un acto en homenaje al dictador Jorge Videla auspiciado en esa misma ciudad, en la cual hoy goza de plena vigencia el presupuesto participativo comunitario.
Dicho acto de arrojo nos remite al rol de la juventud en esta clase de movimientos reacios a la concentración de poder; una juventud distinta a la que combatía en las calles de París, en el Cordobazo o contra la guerra de Vietnam, pero que no ha dejado de liderar las movilizaciones ante un mundo como el presente donde todo está en venta. En el Foro brasileño se verificó una activa concurrencia de 15.000 jóvenes acampantes con sus propios canales de expresión y su dinámica singular: dialogaron en video-conferencia con sus congéneres activistas que se manifestaban simultáneamente frente al Waldorf Astoria durante las reuniones del FEM; lanzaron un proyecto para organizar las luchas globales de resistencia anticapitalista sin que las mismas se agoten meramente en las calles; realizaron varios talleres temáticos ad hoc como el que llevó a cabo el movimiento estudiantil  planteado como fuertemente internacionalista y democrático desde sus orígenes , el cual contó con una representante como la indonesa Dita Sari, presa y torturada por los militares de su país. En su encuentro principal se sostuvo que la juventud “enfrenta viejos y nuevos desafíos, como uno de los sectores más atacados por el neoliberalismo, siempre el primer blanco de las ideologías del consumo, de la competencia individualista, de la ‘modernización’ tecnológica, de la mercantilización de la cultura (...) y son todavía los jóvenes aquellos ‘premiados’ en luchar en los frentes militares en nombre de los intereses de la clase dominante”.
Entre los setecientos talleres vespertinos, el de Multiculturalismo fue organizado por la universidad de los jesuitas (UNISINOS) y el Corredor de las Ideas del Cono Sur. En él se presentó una obra novedosa recién salida en Francia y muy vinculada con la tónica central del FSM: un Diccionario crítico de “la mundialización” donde se incluyen unas 150 entradas sobre el particular, varias de ellas redactadas por autores latinoamericanos. En ese mismo taller, el pensador peruano Edgar Montiel, jefe de la sección Cultura y Desarrollo de la UNESCO, expuso un trabajo alusivo y sugerente en el cual además de aludirse a la flamante Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural enunciada por dicho organismo internacional–, se preguntaba: “¿Adónde va a parar ese universo simbólico plagado de efectos especiales, que con frecuencia exalta la violencia, hace de las catástrofes un espectáculo, fomenta el consumismo y la xenofobia, y que tiene un culto por lo efímero y lo espectacular?”. Su conclusión: “De todo esto se compone la dosis de consumo diario de imágenes de millones de hombres y mujeres, especialmente de la juventud. Lo menos que se puede decir es que esta clase de cultura de masas no ayuda a los grandes objetivos de paz, diálogo intercultural y desarrollo”.
Varios emprendimientos paralelos tuvieron lugar durante la realización del FSM. Por una parte el Foro Parlamentario Mundial, donde más de 1000 diputados y senadores de distintos países resolvieron, entre otras cuestiones, junto a la creación de una red corporativa internacional, repudiar las premisas del credo neoliberal y la sumisión a los organismos crediticios, exigir la eliminación de los paraísos fiscales, reconocer a los jóvenes su protagonismo en la lucha contra la exclusión y en pro de la fraternidad, condenar el bloqueo a Cuba y a la doctrina armamentista de Bush. Por otra, se organizó un Forumzinho Social Mundial, donde unos 2000 niños entre 6 y 14 años aprendieron su cuota de responsabilidad en la forja de un mundo mejor; entre los puntos por ellos abordados figuraron el uso racional del agua, el respeto al prójimo y el conocimiento de otras culturas como la indígena. Como otorgándole sentido a esa peculiar experiencia, uno de los chicos intervinientes aseguró que no puede encararse la inclusión social sin participación infantil.
Una semana después de haberse acordado tantos propósitos de entendimiento pacífico y superación del statu quo como los que se volcaron en el FSM, el Departamento de Estado norteamericano dio a conocer un documento llamado Por qué estamos peleando: La carta de América, un extenso alegato en el cual 60 miembros de la intelligentsia estadounidense – entre ellos neoccidentalistas al estilo de Huntington, Fukuyama y Novak – salen a respaldar la política agresiva de su gobierno, enfocando a la guerra como moralmente necesaria mientras se combata para defender los proclamados principios de la dignidad humana. Todo ello en consonancia con otro de los firmantes de esa carta, David Blankenhorn, director del Instituto sobre los Valores Americanos que intenta reducir las Naciones Unidas a una función puramente asistencial y ajena a la paz del mundo. Semejante perspectiva –que retrotrae la situación planetaria a las peores secuencias del realismo político y la ética gladiatoria– ¿no le otorga plena justificación a un lema sustentado por la tendencia internacional socialista en Porto Alegre: “el capitalismo mata” y no podría esgrimirse para convalidar la subsiguiente afirmación emblemática: “mate al capitalismo”?...



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