Ref. :  000006929
Date :  2003-05-26
Language :  Spanish
Home Page / The whole website
fr / es / de / po / en

Diversidad, Identidad Cultural e Integración en América Latina

Author :  Gregorio Recondo


Keywords : 


“El mundo entero vive la presión de la mentalidad originada
en los Tiempos Modernos, una manera de ver la realidad que
ha estado regida por la razón pura, la ciencia positiva y la
proscripción del pensamiento mágico. Ahora, cuando esa
mentalidad nos ha conducido a la crisis más profunda de la
historia, los países a pleno desarrollo deberían hacer un alto
para evaluar las virtudes y defectos del progreso material”.

Ernesto Sábato


El estudio de la diversidad y la identidad iberoamericana presenta características definidas, muy diferentes de las existentes en otros contextos. Por ello, no son de aplicación a dicha investigación algunas teorías que intentan aplicar modelos exógenos a ese escenario subregional.
No existe una realidad social única. Ciertas metodologías construidas para analizar una realidad (como la europea o la norteamericana, v. g.) no deben aplicarse urbi et orbi ni erga omnes pretendiendo extenderse a otros contextos disímiles. Tampoco resultan adecuados ciertos paradigmas o narrativas sobre la identidad ni algunas hipótesis eurocéntricas que aspiran legitimarse en el escenario latinoamericano apoyadas en un controvertido criterio de autoridad.
Lamentablemente, algunos investigadores vernáculos - con recurrente afán imitativo - han pretendido aplicar ciertas teorías exógenas en nuestro propio escenario regional. Como era previsible, no tuvieron éxito y fueron abandonadas. La razón fue que los instrumentos teóricos utilizados para las investigaciones habían sido especialmente creados para operar en otro contexto.
Cada realidad necesita ser examinada con su metodología adecuada. Y dadas las circunstancias de rigurosa originalidad que presenta América Latina, es exigible que se recurra al instrumental teórico más idóneo para poder descubrirla tal cual es y tal como se ofrece para ser conocida. Hasta el presente, las miradas que llegaron desde Europa fueron - - alternativamente - paternalistas, prejuiciosas o de una viciada ideología etnocentrista.
En ese ámbito geográfico americano cohabitan tiempos superpuestos y un espacio donde tiene carnadura lo que Alejo Carpentier llamó lo real maravilloso.

Multiculturalismo y humanismo americano entre la globalización y la mundialización

Dos palabras sobre “los signos de los tiempos”. Cuando se habla de mundialización solemos preguntarnos si nos estamos referiendo a una cultura única o bien estamos hablando del entrecruzamiento de muchas culturas. Partimos de una idea que no presenta cuestionamientos: en este tiempo de la modernidad tardía no existen culturas puras o incontaminadas. Todas ellas son fronterizas de otras culturas y cultivan la hibridación. Bastardas y permeables, son el resultado de uniones y cruces o mezclas caprichosas de heterogeneidades.
¿Asistimos entonces a la emergencia de una cultura mundializada? Para responder a ese interrogante, debemos diferenciar entre las lógicas unificadoras de la globalización económica y las que mundializan la cultura.
Tenemos así, por un lado, la cultura del mercado o del consumo, caracterizada por la imposición de pautas económicas como modelos recurrentes y que reafirma, en la práctica, una nueva emergencia civilizatoria. La misma es efecto de la globalización.
De hecho, la globalización nos afecta e involucra a todos, pero siempre de manera desigual.
Investigadores de fuste concuerdan en que dicho proceso globalizador atenta contra las culturas nacionales y locales y pretende imponer un proyecto de cultura única para todos, a través de la estandarización de distintas manifestaciones y actividades.
Por otro lado, la mundialización de las culturas, que significa “una nueva manera de estar en el mundo”; expresa la introducción de cambios en las relaciones y la vida de las personas y también diferentes maneras de percibir el tiempo y el espacio. La mundialización de las culturas resulta un efecto del fenómeno de la mundialización y se apuntala en la diversidad.
A través de esta nueva óptica, se observa actualmente que el mundo ya no parece encaminado a una cultura única, sino plural. El “diálogo de las culturas” es la estrategia visualizada para que el pluralismo tenga escala universal.
Dicha mundialización no entraña, por lo tanto, peligros de uniformación. Representa un desafío de compartir descubrimientos y cambios, que - al decir de F. de Bernard - “no se subordinan ni a la crematística de la globalización ni a la privatización del mundo que ella engendra”.
Agreguemos que los flujos estandarizadores de la globalización, así como los que caracterízan la mundialización en el ámbito simbólico, no se manifiestan de manera equitativa.
La diversidad cultural - según Renato Ortiz - “es diferente y desigual porque las instancias y las instituciones que la construyen tienen distintas posiciones de poder y de legitimidad (países fuertes o países débiles, transnacionales y gobiernos nacionales, civilización “occidental” o mundo islámico, Estado nacional o grupos indígenas”).

Algo similar ocurre en el interior de las diversas culturas nacionales y en los espacios ampliados de los bloques regionales. Lo global, lo regional y lo local se interpenetran. ¿Tendremos que hablar de glocalización? Lo cierto es que desde el descubrimiento de la diversidad hemos pasado a los cultos y prácticas del multiculturalismo y el interculturalismo.

Posmodernidad sin modernidad en América Latina

“Despertar a la historia significa adquirir
conciencia de nuestra singularidad”.

Octavio Paz


Es de la esencia de los particularismos y las nacionalidades la tendencia a diferenciarse unos de otros. Para eso nacen. Los americanos del sur enfrentamos de manera peculiar el fenómeno de esa diversidad “diferente y desigual” y hemos vivido muy intensamente la problemática de la identidad. Resulta claro que la diversidad no excluye la identidad, sino que la supone.
Para entender la importancia que se asigna a la identidad en nuestro contexto regional americano vale la pena recordar que nuestros pueblos jamás han llegado a vivir plenamente las circunstancias y peculiaridades de la modernidad. Cuando finalmente pudimos llegar a vislumbrarla, ya era tarde para asumirla, porque nos llegaba acompañada por una oleada de “ismos” conexos a la posmodernidad que llevaban etiquetas e instrumentos globalizados.

Sufrimos entonces los embates de una globalización selectiva e impuesta, uniformadora y antihumanista. La misma se nos revela hoy a través de recurrentes flujos políticos, económicos y culturales (scapes). Los recibimos, principalmente, a través de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Según el sociólogo Arjun Appadurai, recibimos cinco dimensiones de flujos culturales globales: se trata de los ethnoscapes, technoscapes, finanscapes, mediascapes e ideoscapes, productores, a la vez, de homogeneidad y desorden cultural.
Aparecen con ellos nuevos imaginarios sociales despojados de referentes históricos y apoyados en la preeminencia de una cultura de la imagen cargada de elementos artificiosos. Nuestras economías en vías de desarrollo, alienadas de sus fuentes reales de crecimiento, terminan en el juego propuesto por la lógica de los mercados internacionales. Ésta se expresa a través de la fórmula de la competitividad, en contraposición a la propuesta por los pueblos del sur, que se apoya en una ética de la solidaridad.
La resistencia sudamericana se expresa en la afirmación identitaria, rescatando tradiciones y valores que dan cuenta de una orgullosa y alborozada diversidad, en la inteligencia de contribuir a elaborar consensos que permitan acceder a una plena universalidad.
Pero algo más grave sucede en nuestro espacio regional. Las aportaciones de los mass-media, en gran parte de los casos, llegan hoy a personas que viven los gozos y las vicisitudes de la oralidad sin haber alcanzado todavía la etapa de la lectura.
¿Puede entonces hablarse de modernidad en sentido estricto? Hasta el presente - confiesa Morandé - el acceso a la modernidad significó para la América mestiza “la irrupción importada de un proceso ajeno a sus tradiciones”.

Apelando a otra perspectiva - aunque complementaria - Lipovetsky considera que las identidades colectivas establecidas durante el desarrollo de la modernidad se ven desarticuladas porque la sociedad ya no se estratifica en la escala de producción social y porque la producción no resulta más la principal actividad económica.
Esto no fue lo que ocurrió sincrónicamente en América Latina, pero sí lo que explica - entre otras concausas - por qué la teoría no funciona a cabalidad en dicho escenario.

Pasemos revista a la historia de nuestros países luego que se produjeron las respectivas independencias nacionales. Los recurrentes ciclos históricos de anarquía - dictadura - anarquía en nuestras sociedades vulneraron la libertad, la paz y la justicia. Impusieron principios autoritarios, instalando la fuerza, la corrupción, el colonialismo cultural y modelos exógenos de desarrollo a contramano de nuestra realidad.
El país ideal soñado por las élites dirigentes (urbanas y modernizadoras) se contraponía al país real de las grandes masas rurales. Eran dos mundos enfrentados dialécticamente, cada uno con luces y sombras. Pero la síntesis hegeliana no funcionó.
Por esta variada gama de circunstancias los latinoamericanos no pudimos resolver los desafíos de la modernidad. Simplemente: aceptamos “la falsa disyuntiva de contraponer nuestra cultura a la institucionalidad moderna”.
Está claro que no somos premodernos ni antimodernos, sino que continuamos buscando sin intermitencias y con cierto grado de desconsuelo nuestra asincrónica modernidad. Y para no volver a equivocarnos, nos hemos propuesto hacerlo desde nuestra idiosincrasia característica, desde el ethos cultural de nuestros pueblos.
Aunque tendemos hacia la universalidad, no nos sirven ideas y metodologías exógenas, desconectadas de nuestra realidad cultural y existencial. Es nuestra identidad cultural la que nos marca rumbos para alcanzar lo universal. La experiencia nos ha obligado a descreer de un cosmopolitismo sin raíces. Nos señala, por ejemplo, que no se puede alcanzar la universalidad sin pensamiento situado; esto es, contextualizado. Y nos asegura que una obligada y relativa contigüidad continental - como la que tienen nuestros pueblos con los Estados Unidos, valga el caso - no puede reemplazar al parentesco.
La otra antípoda del cosmopolitismo descastado la constituye el nacionalismo xenófobo y fundamentalista, tan falso y patológico como aquél.

Identidad e integración (ser y deber ser americanos)
Para los pueblos de Nuestra América, el reto consiste en pensar la mundialización desde el Sur. Ante un mundo carente de certezas, elegimos apoyarnos en nuestra cultura raigal para vivir y, a partir de allí, abrirnos a los desafíos de la mundialización.
Leopoldo Zea señala que los temas recurrentes que han dominado nuestra historia cultural son la identidad y la integración, Se trata de dos aspectos centrales que debemos correlacionar para entender nuestro presente. Por eso se visualizan, respectivamente, como el ser y el deber ser de nuestras comunidades nacionales.
Si la diversidad es la nota característica de los pueblos amerindios, la identidad colectiva ha sido percibida históricamente como un requisito clave para construir bloques regionales. Entendemos entonces que cuando nuestros pueblos del sur han intentado integrarse históricamente en una comunidad sudamericana de naciones, la condictio sine qua nom haya sido - y sigue siendo - el compartir ciertas analogías identitarias.
Por el contrario, cuando las naciones que pretenden constituir bloques regionales pero no llegan a compartir aspectos de afinidad identitaria, será más que difícil que logren constituir una verdadera comunidad o confederación. (Es el caso de países tan disímiles entre sí como los Estados Unidos, Canadá y México, que conforman el bloque del NAFTA). Estos países, aunque quisieran proyectarse más lejos, no podrían lograrlo. Su objetivo de máxima como bloque regional es constituir una zona de libre comercio para realizar así buenos negocios. Y poco más.

El humanismo americano y la diversidad
El pluralismo no es una circunstancia casual en la historia de la cultura. No sólo expresa la dinámica de la filosofía sino que resulta estimulado por las transformaciones políticas, económicas y sociales y por el impacto de la revolución científico-tecnológica. Es expresión de la amplia, variable y acumulable riqueza de la experiencia humana.
En América Latina, la construcción de consensos ha sido precedida por un diálogo intercultural fecundo, bien definido por Paulo Freire como “una exigencia existencial”. Luego del diálogo, se opera la armonización de los proyectos comunes y se concluye con la disposición a “crecer juntos”, una de las consignas del MERCOSUR. La dialéctica entre globalización y fragmentación expresa cabalmente dichos procesos de integración regional.

Volvemos a la diversidad americana. Se ha afirmado justamente que el mayor logro de la modernidad es el humanismo americano que surge en el siglo XVI con Bartolomé de Las Casas. Dicho fenómeno - según Montiel - “tuvo en el hombre de América la prueba de cargo decisiva para que se admitiera la alteridad, la diversidad, como algo inherente a la comunidad humana”. De esa plural historia americana surgió así una distinta perspectiva para enfocar la condición humana. Vale decir, nació una humanidad nueva, fruto del proceso de mestizaje, que llevaba dentro suyo la presencia del Otro diferente.
Nuestra Epifanía del Encuentro americano resultó original y trascendente. No era el caso de comenzar a descubrir al Otro - como ocurrió en el interior de otras culturas - sino de algo mucho más importante: incorporarlo como “prójimo” y fundirse con el Otro. A partir de ese momento- encuentro, se aceptó por vez primera que el mundo es uno y diverso. Esa tradición humanista arraigó como idea original en la cultura americana y se abrió progresiva y generosamente hacia la universalidad.
En la Cumbre Iberoamericana de Porto (1998) los Presidentes allí reunidos reconocieron que ese humanismo “es el fruto más valioso de esta cultura común que nos une”.

Una cultura de la posmodernidad: multiculturalismo e interculturalismo
¿Qué está ocurriendo en los escenarios de las identidades y la integración regional? Distintos autores contemporáneos señalan que en el subcontinente sudamericano asistimos actualmente a un proceso de reordenamiento de la cultura, producto de la interacción de los mercados simbólicos y de la influencia de la globalización. En el marco escenógrafico sudamericano se perciben también las crisis de los nacionalismos y populismos, por lo que se producen cruces interculturales y situaciones de hibridación, así como la superación de los compartimientos preexistentes y la recomposición que todo ello supone (Cfr.R. Patiño).

En el ámbito del multiculturalismo, Peter Mc Laren distingue tres variantes: a) un multiculturalismo conservador (en el que el separatismo de las etnias está subordinado a la hegemonía de los WASP); b) otro liberal (que propone la igualdad y la equivalencia cognitiva de razas); y c) otro liberal de izquierda (que explica las violaciones de esa unidad por la desigualdad de acceso a los bienes y a las oportunidades sociales).
Nos parece importante distinguir entre multiculturalismo e interculturalismo. Concuerdo con la crítica formulada por algunos autores (como Nancy Fraser) sobre las falencias del multiculturalismo. Se lo cuestiona “por haber reducido el conflicto político a la lucha por el reordenamiento de las diferencias de etnia, nación y género, olvidando la injusticia económica, la explotación y la consiguiente necesidad de redistribuir los ingresos”. Creemos que en el fondo de todo están vigentes las asimetrías de poder.
La visión intercultural llega de otra forma y más lejos. Según Philippe Mourrat, encara la cultura no como orden o sistema, sino como acción y comunicación; es decir, como búsqueda del sentido. En esa perspectiva, la diversidad y la pluralidad llegan a ser “potenciales de acción, de creación, de reencuentros e iniciativas”.
Concordamos en que - más que la cultura del Otro - se trata de entender el encuentro, realidad existencial. Convengamos en que El Otro (la persona humana) es mucho más substancial que su cultura. Como dice Lacan, “el Otro se hace cada vez más fascinante a medida que se me acerca”.
La identidad proviene, entonces, de la alteridad descubierta en la comunicación. Y si la identificación nos permite reconocernos en el Otro, creemos que también es una manifestación del amor. Eso sí, para poder identificarnos con el Otro debemos tener identidad propia.

Tres paradigmas para la identidad regional americana
El mapa cognitivo de la realidad cultural sudamericana permite detectar, a nuestro juicio, tres enfoques o paradigmas sobre los problemas de la identidad (nacional o regional):

1. La visión esencialista
Es la de una unidad homogénea, percibida como un todo coherente y único, impuesto por las cúpulas del poder. Este enfoque no presta atención a los matices ni a la diversidad. No olvidamos el ejemplo de la América española que, a partir de la conquista, fue considerada un epifenómeno de una España medieval diferenciada de la Europa de su tiempo.
El Estado nacional fue el marco referencial de una identidad nacional monolítica, integrista, supuesta defensora de los intereses nacionales (que eran a la vez los de la clase dirigente), sacralizadora de héroes y arquetipos y definida y jerarquizada desde las alturas del poder. La acción protagónica del Estado sustituía al pueblo, negando o haciendo caso omiso de la sociedad civil y las diferencias culturales.
Su corpus doctrinal fue elaborado históricamente por distintas corrientes nacionalistas, que ejercitaron su influencia hasta finales del siglo pasado.
La doctrina difundida daba cuenta de una férrea unidad cultural desde los tiempos de la conquista americana. Su fundamentación apelaba a bases ético-religiosas. Sus seguidores argumentaban que abrevaba en tres legados: el griego (de la inteligencia y la razón), el romano (del orden y el derecho) y el del catolicismo (percibido entonces desde la visión actualizada por el Concilio de Trento).
Resulta evidente que su error fundamental consistió en reflejar una unidad monolítica, irreal, que no tomaba en cuenta los elementos de la diversidad americana..

2. La visión posmoderna liberal
En las últimas décadas se difundió, en el marco de los estudios culturales, la aparición de una nueva corriente que combatió las doctrinas fundamentalistas, corrigiendo las nociones aceptadas de identidad a tono con una canónica visión posmoderna. Dicho panorama pluralista - alega - tiene en cuenta la fragmentación y las diversas relaciones entre tradición, modernidad y posmodernidad.
La afirmación de lo nacional o regional ya no es concebible como condena general de lo exógeno. Debe entenderse - a juicio de García Canclini - como la posibilidad de “interactuar con las múltiples ofertas simbólicas internacionales” desde las propias posiciones.
La posición liberal hace hincapié en las circunstancias de que el Estado-nación se ha debilitado como entidad política y también como sujeto que contiene una cultura y un sentido de pertenencia social. Una de sus consecuencias es la actual crisis de las identidades. La transnacionalización política, económica y cultural de nuestro tiempo tiene como correlato la erosión de las identidades nacionales.
En consecuencia, se observa una creciente fragmentación de los sentidos de pertenencia: las identidades no constituirían algo definitorio y se reducirían a cruces interculturales, entroncándose con nuevas formas de representatividad que no pueden articularse con la institucionalidad política. Los sentidos primarios de pertenencia a una cultura son amenazados por la fragmentación y, por lo tanto, están en procesos de reelaboración.

3. Unidad en la diversidad

“Escoger el diálogo significa evitar los dos extremos
que son el monólogo y la guerra”.

Tzvetan Todorov


Se visualiza como una conciliación de las diversidades expresada en la realización de objetivos comunes. Se intenta una visión unitaria de lo múltiple. La identidad de nuestros pueblos subsume en sí los elementos de su rica diversidad.
A la manera de la teoría de los conjuntos, América Latina es concebida como una confederación de identidades. Como dice Mario Benedetti, “cuanto más matizadas, más unidas, y cuanto más unidas, más fuertes y creadoras”.
De igual manera que en el mito del eterno retorno, el proyecto de recomponer la antigua unidad perdida sería el impostergable proyecto de Iberoamérica.

Compartimos esta visión. Visualizamos a esa América, a la vez, como una y plural. En el origen de esta cosmovisión están las ideas e iniciativas políticas de los líderes de la independencia americana. Las mismas fueron de carácter integrador, alentando siempre, al decir de Uslar Pietri, perspectivas continentales. Procuraban superar las estrechos proyectos nacionalistas en aras de una apertura hacia la integración regional. Por ende, la utopía y un proyecto estratégico de los líderes del MERCOSUR coinciden en que las diferentes naciones (nuestras “patrias chicas”) deberían articularse en una Patria Grande Sudamericana.

Debe entenderse que hay algo más que diversidades sin interconexión en nuestros pueblos americanos. Existe también la autoconciencia de pertenecer a un colectivo que trasciende nacionalismos y regionalismos y procura proyectar un futuro compartido.
El dilema de la identidad viene desde nuestra historia independiente, de libertadores como Bolívar y pensadores como Sarmiento: ¿ser o no ser? El tratamiento de Sudamérica como bloque regional con afinidades identitarias no es caprichoso, sino que resulta consecuencia de los datos concretos de una realidad sociológica que se impone. Por consiguiente, no alienta fundamentalismos ni resentimientos.
Es el resultado de lo que llamamos la ampliación de la conciencia de pertenencia nacional en una identificación regional o continental. Esto es: extender la autoconciencia a un ámbito supranacional, sin detrimento de la propia identidad.
Se ha hablado así de “la América de las patrias”, de “la nación de Repúblicas” y de “el patriotismo regional”. Se ha propuesto la “unidad en la megadiversidad”, “hacer de muchas patrias un solo pueblo”. Esos fueron los anhelos de muchos referentes iberoamericanos.

La utopía americana

“Un mundo con derecho a la esperanza del mañana es sólo
posible si se mantiene abierta la posibilidad de la herejía
permanente, que implica rechazar el presente infalible”.

Fernando Ainsa


Hoy, la identidad (el ser americano) está inacabada y sus pueblos buscan a través de la integración un deber ser integral. Un espacio de anhelos, de esperanzas.
Hasta ahora - según el escritor de La tregua - la realidad desperdigante ha vencido a la utopía integradora de los padres fundadores. Por eso, la Patria Grande todavía sigue siendo un sueño.
Sin embargo, la utopía - la certidumbre de que existe un tiempo por hacerse - ha estado siempre presente en un territorio que ha tenido sus dos ingredientes básicos: un espacio donde establecerse y un tiempo histórico (para recuperar un pasado o un futuro para proyectarse).
Ainsa cree que América ha propiciado siempre la objetivación de la utopía. Pasemos revista a “los Hospitales-Pueblo” de Vasco de Quiroga (que actualizaron la Utopía de Moro); Los catorce remedios de Bartolomé de las Casas, y su topía expresada en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias; la “utopía anticolonial” o la “República Cristiana” de los jesuitas (en un vasto territorio entre la Argentina, Brasil y Paraguay). En tiempos de la independencia, el proyecto de unidad continental de Bolívar se encargaría de renovar la utopía americana.
Debe recordarse que la utopía sólo tuvo sentido (¿y vigencia?) en el continente americano y posee un valor palingenésico. Por eso resulta actualmente parte de nuestra concepción del mundo, explicando a la vez por qué América no alcanzará a ser posmoderna.

Diversidad de la unidad
En América, la diversidad se evidencia en las diferentes etnias y culturas nacionales y regionales; en las variadas circunstancias políticas, económicas y sociales, que connotan pluralismo cultural. Las diferencias derivan en las particulares experiencias históricas; en los diversos grados de transculturación e hibridación; en los matices de los productos culturales (artesanías, folklore, gastronomía, música, canto coral, teatro, danzas, etc.).
Hay entonces una América nuestra multicultural, policroma y fructuosa en su estética, en sus creaciones y en sus mitos. El barroco americano es su mejor testimonio y su legado artístico.
En dicho escenario, las definidas áreas o (sub)regiones culturales no se dejan encerrar por las fronteras político-administrativas. Como decía Eliot, una ecología de la cultura organiza el sistema de las lealtades. Somos eslabones en una cadena de lealtades que enlaza personas y grupos unidas por círculos solidarios. Argentinos, brasileños, paraguayos, uruguayos, sí, pero también mercosureños y sudamericanos.
Fluyen metáforas por doquier (la orquesta sinfónica y el coro polifónico, la Casa de Iberoamérica, etc.) para celebrar la unidad. Hablamos de voces diferentes para un mismo canto. Entonamos la sinfonía del nuevo mundo americano.

Unidad en la diversidad

“América Latina: un mismo poncho”

Atahualpa Yupanqui


Paradójicamente, pese a sus complejas desemejanzas, Nuestra América - así llamada por José Martí - constituye uno de los conjuntos de naciones más homogéneos (o semejantes) del mundo. La unidad está fundamentada en el origen común, en una historia compartida, en la peculiar similitud cultural, en valores comunes y pautas afines de comportamiento. De tal manera, las naciones americanas son fragmentos variados, plurales, pero unidos - a la manera de los mosaicos bizantinos - en un conjunto o todo coherente y armonioso.
Toda nuestra América tiene, así, caracteres similares. El gran humanista Pedro Henríquez Ureña escribió al respecto: “La unidad de su historia, la unidad de propósito en la vida política y en la intelectual, hacen de nuestra América una entidad, una magna patria, una agrupación de pueblos destinados a unirse cada día más y más”.

El mestizaje americano
La base - recordemos - fue el mestizaje americano, que al decir de Uslar Pietri constituyó “el fenómeno más importante de la historia de Occidente”. En efecto, a partir del siglo XVI, nuestra región fue el crisol de una realidad profundamente original en el plano cultural. Los gestores y protagonistas de la nueva realidad histórica fueron, conjuntamente, los primitivos habitantes americanos, los colonizadores españoles y portugueses y, luego, los negros africanos traídos como consecuencia del tráfico de esclavos. El contacto entre las tres culturas posibilitó que de diferentes mundos surgiera un mundo nuevo. En efecto, en esa realidad de Nuestra América, el Otro fue realmente incorporado y no excluido.
Gracias a esa “policultura salvífica” - como la denomina Carlos Fuentes - surgió una cultura nueva, enriquecida más tarde por los aportes de los inmigrantes europeos.
La conquista americana estuvo caracterizada por la unidad histórica. Octavio Paz escribió que, a pesar de sus excesos, los conquistadores ibéricos procuraron transformar la diversidad cultural en una unidad. Lo hicieron a través de un “orden abierto” que permitía la participación de los vencidos en las actividades del nuevo mundo. En cambio, fue muy distinta la actitud de las otras corrientes colonizadoras europeas.

Cultura y nación en Europa y en América
La autoconciencia identitaria de los diversos países del sur americano difiere de la asumida por las nacionalidades europeas. Un estudio sobre las respectivas realidades nos revela que en el llamado viejo continente no existe una correlación entre nación y cultura. En efecto, en Europa las fronteras nacionales de una unidad política (como el Estado), recubren generalmente una heterogeneidad cultural (cfr. Marcel Merle) . Los conflictos interétnicos y políticos, las guerras mundiales, las variantes religiosas y lingüísticas, lo demuestran.
Por otra parte, no existe ni ha existido conciencia de patria europea.
En cambio, en el continente americano las diferentes culturas nacionales tienen unidad (coherencia) y continuidad cultural. Hay un proceso histórico cuyo continuum asegura la persistencia de las características originales. El vínculo estaba anudado desde antes y permaneció después indestructible. Salvo minúsculos intentos separatistas, prácticamente no existieron movimientos secesionistas. Hubo, entonces, unidad-en-continuidad.

Henríquez Ureña repetía que toda América Latina tiene parecidos caracteres. Según él, los siglos de vida colonial le han dado rasgos afines en distintos aspectos, que hoy persisten. Darcy Ribeiro, a su vez, consideró que en ese período se dio en la América Ibérica un “común proceso civilizatorio”.
Una paradoja: una vez logradas las respectivas independencias nacionales hubo divisiones y luchas intestinas en el interior de los Estados nacionales. Esos incesantes procesos de fragmentación política de las nuevas naciones tuvieron su correlato histórico en la continuidad cultural de cada una y del colectivo regional.
Consideramos que los estudiosos extranjeros de nuestra realidad y los propios estrategas de nuestro desarrollo deberían tomar en cuenta esa indeclinable continuidad cultural de Iberoamérica para brindarle sentido a una eventual y deseable continuidad política.

La identidad como simultaneidad de lo diverso

“Todas las identidades nacionales surgen del mestizaje,
pues en la pureza cultural anida la muerte”.

Carlos Fuentes


La identidad cultural latinoamericana - dijimos - es fruto del encuentro intercultural que supuso el mestizaje. El proceso mestizador manifiesta diálogos, intercambios, choques, fusión y transculturalización. Un viaje por el escenario cultural de Sudamérica nos permite descubrir las huellas de diferentes variaciones y procesos: incorporaciones, creaciones, préstamos, hurtos, hallazgos e imposiciones.
Habrá tiempo después para la decantación histórica: conservar lo vivo y transformar lo que declina. A diferencia del mestizaje europeo, en América se encontraron y chocaron culturas completamente diferentes. Por ello Tzvetan Todorov hipotiza que el descubrimiento de América sería el único acontecimiento de tal género en que “el descubrimiento del otro” podría considerarse total.
La identidad cultural de nuestros pueblos americanos da cuenta de que no hay lealtades únicas y sí simultaneidad de lo diverso. La misma estaría expresada por un punto repetido en un esquema fractal de pertenencias múltiples. No es, entonces, un concepto inmutable, sino un plebiscito diario, sometido a múltiples influencias y permanentes actualizaciones.

El mundo de los valores y una nueva cultura
En nuestros pueblos, los valores contrastantes no se anulan en la confrontación de los opuestos, sino que existen - como afirma Fuentes - en el vigor comunicativo de las culturas.
La nueva cultura surgida en América Latina es por lo tanto superadora de los antagonismos culturales y tenaz propulsora del diálogo.
Coherentemente, José Lezama Lima nos sugiere mirar nuestra historia como un conjunto de valores en el que ninguno resulta destruido por su antagonista, sino con una visión trágica por la que cada uno se resuelve en el otro.
El “nosotros” iberoamericano expresa una identidad común. Manifiesta la respuesta de la cultura auténtica que reclama el reconocimiento de su pertenencia a las comunidades políticas, lingüísticas, religiosas, etc., como manifestaciones plurales de la diversidad. Sabemos que sólo las actividades creadoras construyen las identidades nacionales.

Un continente multirracial y policultural
Somos un continente multirracial, policultural y - en el decir de Abel Posse - también heteróclito, expresión de una cultura viva y creadora. A partir de la comprobación de estos datos puede elaborarse una estrategia. Leopoldo Zea, por ejemplo, nos dice que “si logramos captar lo que tiene en común esta región, entonces podremos también captar cómo podremos integrarla a pesar de sus diferencias”.
Debemos asumir que somos americanos (descendientes de las primitivas poblaciones) pero también europeos (sucesores de los conquistadores). A ese “pot pourri” se agregaron luego los negros africanos y más tarde los inmigrantes transoceánicos. En resumen: somos un pueblo mestizo, neoamericano.
Si el mestizo es América, el mestizaje cultural es la primera aproximación histórica a nuestra identidad una y diversa. Recordemos que Iberia trajo consigo a América la experiencia de la convivencia de tres civilizaciones: la cristiana, la musulmana y la judía.
Paradojas de la historia: los (españoles) hijos de la Contrarreforma, que aparecían históricamente cerrados al humanismo renacentista, se lanzaron a la aventura de la conquista americana desde una perspectiva pluralista. Por esa razón, a la inversa de las colonizaciones de otros países europeos, el Otro estuvo presente desde el primer momento de la Conquista y la diversidad se hizo conciencia en el imaginario colectivo de nuestros pueblos.
Si pertenecemos históricamente a Occidente, no existen dudas de que tenemos una forma peculiar de ser occidentales. Pretendemos, además, desarrollar un proceso civilizatorio con identidad propia. Su desarrollo debe ser endógeno, democrático y pluralista.
De allí que en nombre de una identidad cultural compartida pretendemos rebatir conceptos globalizadores formulados por una posmodernidad fragmentaria que no nos define.

Una cultura que coordina las diversidades
La devaluación del concepto y las potencialidades del Estado-nación en los tiempos presentes es una tangible realidad. No obstante, para el estudio de los procesos de integración en América Latina resulta obligatorio correlacionar los conceptos de nación y cultura, que se encuentran en íntima vinculación. Dice Carlos Fuentes que las naciones de nuestro continente tienen coherencia en sí mismas. A la par, se da un proceso secuencial que recuerda la persistencia en el tiempo: existe continuidad (cultural) entre ellas.
En efecto, a partir de la aceptación de su diversidad desde el primer momento, pocas culturas tienen una coherencia y una continuidad comparables como la del conjunto iberoamericano. Algunos atribuyen esa conexión o correspondencia al antecedente de la vieja Iberia, que permitió la coexistencia de configuraciones culturales tan diversas.
Tenemos en la actualidad una cultura auténtica, fluida, imaginativa, persistente, continua, que contrasta con la desunión y la fragmentación política y económica. Pareciera expresar, asimismo, una soberanía del espíritu frente al fenómeno de la globalización.

Dos realidades distintas
El estudio de nuestra historia cultural nos permite avanzar sobre las diferencias existentes con los procesos integrativos generados en los países europeos. A nadie escapa que convivir con la diferencia es el primer paso para superar los prejuicios y los estereotipos. Por eso, mientras en el mundo la posmodernidad va reflejando el surgir de regionalismos, separatismos y tribalismos, en el sur americano la nación integra las facetas policulturales sin fundamentalismos ni amenazas contra los Estados vecinos.
Esa policultura - concluye Fuentes - es la que nos salvará de la balcanización.

Una identidad construida desde la diversidad
¿Cómo se explica este fenómeno singular? Creemos que ésta es la clave: la identidad de cada uno de los países sudamericanos ha sido construida sobre la base de la diversidad. Hemos precisado anteriormente que lo antedicho se debe a que el Otro diverso fue incorporado desde el primer momento del mestizaje al “nosotros” americano. Entendámonos: la conquista de América fue un hecho cruel y catastrófico, pero de ninguna manera infecundo. La realidad sirvió como dato cultural, por lo que pudo decirse que “de dos culturas de la muerte surgió una cultura de la vida”. Del debate entre España y América surgió la idea moderna del derecho internacional (Francisco Suárez, Francisco de Vitoria y otros) y se universalizó la concepción de los derechos del hombre. A la vez, los “comuneros” divulgaron cuarenta años antes la doctrina de la soberanía popular que Rousseau popularizó. No fue poco ni todo.
Es importante destacar que no existe en nuestros Estados ni en el contexto regional una cultura monolítica u homogénea. Existen algunas muy variadas, como las culturas aborígenes, y también innumerables subculturas. Son expresiones de una realidad que se impone desde abajo. Nuestras naciones - no estará demás repetirlo - son multirraciales y policulturales.

La cultura coordina las diversidades
Para entender la diversidad de los pueblos iberoamericanos es preciso comprender algo más: en Iberoamérica existe una cultura que coordina en su interior las diversidades étnicas y culturales. Se trata de una cultura que armoniza en el todo las diferencias expresando, a la par, una congruencia significativa de normas, instituciones y valores.
Una prueba de ello es que desde afuera de su contexto es percibida por los “otros” como un conjunto regional homogéneo (héteropercepción). Se aprecia una realidad diferente, distintiva, profundamente original en el orden cultural. Actualmente, sin prestar atención a su nacionalidad, sus habitantes son llamados genéricamente “sudacas” o “latinos” en partes de Europa y los Estados Unidos. Y además, también “desde adentro” los iberoamericanos se sienten parte de un tronco común, a través de la autoconciencia de pertenencia a un común ethos cultural que los vincula a una comunidad regional (autopercepción).

Una historia de incorporaciones y no de exclusiones
Esa cultura de la que hablamos da testimonio de un profundo proceso de transculturación y es a la par la base de la integración latinoamericana. Es dable constatar que nuestro contexto da cuenta de una historia de incorporaciones y no de exclusiones. En efecto, no se han producido movimientos secesionistas de significación. En la historia europea, en cambio, fueron comunes los descartes, las eliminaciones, las expulsiones, etc.

En resumen: Iberoamérica tiene una unidad esencial que permanece a pesar de los cambios porque se fundamenta en la cultura. Para nuestros pueblos, la identidad constituye el último refugio existencial, su sentido de ser en el mundo y la defensa de un común estilo de vida.
Nadie duda sobre la legitimidad del pluralismo y la autoconciencia democrática y solidaria de los pueblos americanos. Debe entenderse que autenticidad no significa esencialismo. Y también que unidad de integración cultural no es unidad de homogeneización ni unidad de subordinación.

La identidad cultural en los países latinoamericanos

“Nunca la uniformidad, ideal de imperialismos estériles: sí la
unidad, como armonía de las multánimes voces de los pueblos”.

Pedro Henríquez Ureña


El sentimiento de lealtad y pertenencia a una nacionalidad es muy difícil de desarraigar en América Latina. Esa identificación cultural forma parte del inconciente colectivo y ha resultado irreductible a las influencias de la publicidad comercial y la propaganda política. La Conferencia de la UNESCO reunida en Bogotá en 1978 recordaba que la identidad brota del pasado y se proyecta en el porvenir, justamente por continuar viva en el presente. Se entiende así que para los pueblos del Cono Sur americano la identidad cultural sea un concepto central, sin que ello pueda confundirse - insistimos - con esencialismo filosófico ni negación del multiculturalismo o la diversidad. Fernando Ainsa, desde la UNESCO, recuerda que para los iberoamericanos la identidad es un concepto primordial que “refleja las tensiones de nuestro imaginario entre la identidad cultural y la utopía”.
Ese proceso colectivo identificatorio radica en la continuidad de una conciencia profunda”, que nos dice que - a pesar de los cruzamientos, la hibridación y los cambios - somos nosotros mismos. La identidad consiste, simplemente, en ser lo que somos.

¿Por qué resulta tan importante para nuestra región la afirmación identitaria?
La razón es que la identidad es la fuerza espiritual que actúa frente a los proyectos hegemónicos; la fuerza que posibilita enfrentar al autoritarismo y al centralismo avasallador, característico de muchos regímenes latinoamericanos. Resulta también el élan vital que nos incita a reaccionar ante los embates globalizadores que atacan a nuestras nacionalidades y particularismos.
Sabemos que en nuestro tiempo posmoderno existen cambios en la estructuración del sujeto y cruces diversos en un mismo sujeto individual o colectivo. Un juego de fragmentación, afirmación y deconstrucción del sujeto que explica la autoconciencia de diferentes identidades. Pero no podremos entender bien esta realidad válida para cierto contexto témporo-espacial si no estudiamos en profundidad la particular realidad del mundo latinoamericano.
Cabe decir que el problema de la identidad se plantea sólo donde existe la diferencia. Este es un punto clave, porque la diferencia, para los países latinoamericanos, se presenta no solamente como diversidad, sino también como asimetría en las relaciones internacionales de poder. Solo nos afirmamos en nosotros cuando nos sentimos discriminados o manipulados por los otros.

Una cultura crítica implica siempre resistencia. Por eso el estallido de las identidades es la revancha de la memoria colectiva y la afirmación de un presente resistente.
No puede extrañar, en consecuencia, que el tema de la identidad resulte indiferente a los países desarrollados del G-7 y, en cambio, sea considerado crucial por los pueblos del Tercer Mundo afectados por la oleada globalizadora. El desafío de nuestros pueblos - dirá Achúgar - consistirá en “construir una identidad colectiva, narrar una historia cultural o construir políticas culturales válidas y democráticas para nuestros países”.

Una cultura de síntesis
De conformidad con la identidad cultural latinoamericana, un auténtico ideal de cultura debe incluir los aportes de cada uno de sus componentes: lo indígena, lo ibérico y lo europeo moderno. Desde los primeros tiempos se dio en América el ideal de una cultura de síntesis, que valoraba la libertad y la diversidad y tendía hacia la universalidad.
Recuerda Víctor Massuh que dicho ideal fue visualizado y reformulado de diferentes maneras por muchos de sus pensadores. Entre otros, Eugenio María de Hostos escribió sobre el “hombre completo”; José Martí se refirió al “hombre entero” y José Enrique Rodó buscaba en su Ariel al “hombre íntegro”. Propuestas similares de síntesis se encuentran en los trabajos de Antonio Caso (la “responsabilidad moral” del “ánimo desinteresado”), José Vasconcelos (la teoría de la “raza cósmica” como producto de síntesis americana), Alfonso Reyes (“somos una raza de síntesis humana”), Pedro Henríquez Ureña y su “hombre universal” y Leopoldo Zea, cuyo “proyecto asuntivo” de vocación universalista procuraba integrar la idea culturalista de Rodó y la imagen de Nuestra América de Martí.

Historia común y valores afines
La articulación de las identidades culturales (sin el riesgo de caer en hegemonismos, manipulaciones, conflictos ni enfrentamientos) resulta fundamental para la construcción de los procesos de integración regional. La voz de nuestros próceres acompaña, desde la utopía precursora de Miranda, proclamada y repetida, entre otros, por Bolívar, San Martín, Artigas y Sandino.
Uslar Pietri gustaba decir que América Latina resulta expresión de un común sistema de valores. ¿Cómo no mencionar aquí la idea - Abel Posse dixit - de que “pertenecemos a un solo y mismo reino del espíritu”? Y que por nosotros (la “raza cósmica”) hablará el espíritu, como aseguró José Vasconcelos.
Aquí la cultura afín juega un rol decisivo, porque no existen valores separados del contexto cultural que los nutrió.

¿Cuáles son los factores vinculantes?
Sobre este tema existen diversas visiones. Debemos distinguir, ante todo, entre dos líneas de abordaje.
En primer lugar, la de quienes consideran que no hay suficientes elementos para asegurar que existe una identidad regional (relativamente) afín. En tal línea de argumentación, Darcy Ribeiro considera que no pueden considerarse elementos de unidad, por ejemplo, los factores religiosos o lingüísticos, pero enfatiza - sin embargo - en una realidad que religa a los pueblos de la diversidad iberoamericana. Se trata de que los mismos compartieron un común proceso civilizatorio.
Hay otro enfoque, que pone el acento en “los factores vinculantes”. Ricardo Rojas decía que la América Hispánica debía considerarse como una sola nación porque sus repúblicas tienen “unidad de origen, homogeneidad de cultura y sincronismo de evolución histórica”.
Esta concepción culturalista de "unidad en la diversidad” señala los factores vinculantes
a través de los cuales la solidaridad americana encontró un campo propicio para
transformar una simple asociación en una verdadera comunidad. Son ellos:

la recepción y apropiación general del castellano. Decía F. Fanon que “cuando se asume una lengua se asume un mundo”. Así, los “hispánicos” se identifican y autorreconocen por el idioma de Cervantes. La lengua es el instrumento vincular más poderoso en la construcción de nuestra identidad cultural. Si bien el portugués es otra lengua, bien sabemos que forma parte del mismo tronco lexical y que su comprensión no presenta dificultades a los pueblos hispanoamericanos.
Muchas lenguas aborígenes desaparecieron por vía de la fuerza o el colonialismo
cultural, pero también muchas otras continúan vigentes, como expresión de variedad y
diferencia, siendo habladas por millones de habitantes de distintos países y aportando
voces al idioma castellano.

La internalización y permanencia de los valores cristianos en el plexo de nuestra cultura. La fe es uno de los elementos constitutivos de la identidad de los pueblos del sur. Y hoy la vuelta a lo sagrado es buscar - como sugería Mounier - “una religación que dote de sentido a la vida”. También la religiosidad popular - como expresión sincrética de diálogo, encuentro y celebración de nuestros pueblos - ha sido uno de los elementos fundamentales tanto para motorizar la solidaridad como para propiciar los intentos integradores en nuestra región.

el mestizaje cultural, al cual ya nos hemos referido.

un sincronismo de evolución histórica, que documenta una historia común de encuentros (en los tiempos coloniales, en las luchas independentistas y en los sueños integracionistas) y también de desencuentros (en el tiempo de constitución de las nacionalidades).

pautas características de comportamiento. Se mantienen tradiciones criollas comunes a pueblos diversos. Un ejemplo que brinda el autor de La utopía de América: mientras en los Estados Unidos la unidad social es el individuo, entre nosotros lo es - todavía - la familia.

Todos estos factores - más otros apenas esbozados en este trabajo - constituyen el estrato fundante y han contribuido para configurar una “homogeneidad cultural” (que no debe confundirse con los despóticos e intolerantes procesos de “homogeneización”) y para la elección de un similar estilo de vida, sin detrimento de la riquísima diversidad de nuestros pueblos. En definitiva, lo que se percibe, es una comunidad de cultura. Decía Henríquez Ureña que esta unidad forma una Magna Patria.

Cultura, diversidad, pluralismo: hacia el universalismo
La pluralidad de las culturas en el mundo globalizado favorece la apertura universalista.
En cierto sentido, todos somos multiculturales. Va de suyo que para construir un mundo plural debemos comenzar por respetar la diversidad y luego respetar y convivir con la diferencia. Y para que exista el diálogo se debe partir de la autoafirmación de la identidad.
No está demás recordar que los enemigos del pluralismo son el totalitarismo, el fundamentalismo, el racismo y la masificación.
De igual manera que la personalidad individual se apuntala en la conciencia de identidad, la cultura debe afirmarse sobre sus propias raíces para alcanzar la universalidad. Para lograrlo, sólo se exige autenticidad, respeto y tolerancia.

Un proyecto civilizatorio. Por un diálogo de las civilizaciones

Politólogos e internacionalistas afirman que asistimos a la emergencia de un nuevo orden mundial. Lamentablemente, el mismo no resulta la expresión de un consenso sobre los valores aceptados por la población mundial sino derivado de posiciones de poder. Todos coinciden en que hemos avanzado vertiginosamente en el desarrollo científico-tecnológico, pero también en que hemos tenido una grave involución en otros órdenes.

Según Ernesto Sábato vivimos la crisis de una concepción del mundo basada en la idolatría de la técnica y en la consiguiente explotación del hombre. No es de extrañar, entonces, que la mayor parte de la Humanidad sufra actualmente guerras, hambre, miseria, injusticia social, inseguridad, analfabetismo, desnutrición infantil, agresiones contra los derechos humanos, pérdida progresiva de los derechos sociales, atentados contra las identidades, tráfico y consumo de drogas... e tante belle cose. Para esa gente que sufre los interminables ajustes económicos y la manipulación política y social el culpable no es un actor social pero tiene un nombre. Se llama globalización.
El análisis de los últimos tiempos de nuestro planeta no nos permite ser demasiado optimistas con respecto al futuro. Nuestra civilización ha perdido el rumbo y - en la crisis de valores - se ha perdido también la dimensión de la criatura humana como portadora de valores eternos. El reduccionismo de nuestro tiempo ha derivado en un “hombre occidental unidimensional”. Y es precisamente la cultura del mercado la que expresa ese modelo fáustico, inseparable de la civilización científico-tecnológica.

¿Qué hacer ante el cuadro apabullante que nos presenta dicha cultura del mercado o consumista?. ¿Hay espacio para la esperanza?
La planetarización tecnológica de las comunicaciones y la imposición de los modelos de Occidente expresan las principales megatendencias de nuestro tiempo. Pero es preciso tomar en cuenta que el mayor proyecto civilizatorio de lo que llamamos Occidente pareciera ser, hoy día, la realización del proceso globalizador.
Existe la sensación de que Occidente ha abjurado de su destino histórico o, al menos, ha agotado su filosofía defensora de los derechos del hombre. Ya no resulta claro qué significa: un ámbito geográfico; una idea discutida y contradictoria; o bien una civilización que ha abdicado de los valores que la caracterizaron en un tiempo.
Asistimos a la paradoja de un mundo occidental que ha definido sus raíces como romanas, griegas, cristianas, etc. pero que abrevó al par en la diversidad de fuentes mesopotámicas y egipcias para dar frutos óptimos. Todas ellas enriquecieron su legado.
Creemos que para salvar los valores de Occidente es el tiempo de reincorporar otras tradiciones olvidadas, como las de Oriente, África, el Islam y América Latina. No se trata de descubrir a un Otro distinto, sino de incorporarlo y comprometerse con Él para instaurar el nuevo proyecto civilizatorio, como lo hizo Nuestra América. En el nuevo universo se debería consolidar la dialógica del “yo-tú” buberiano en un “nosotros” afirmativo e intentar la conversión del “próximo-diferente” en un verdadero “prójimo-hermano”, a través de la práctica de la solidaridad.
Creemos que el “nuevo orden mundial” - tantas veces anunciado desde diferentes posiciones de poder - sólo será factible cuando pongamos en marcha el nuevo “diálogo de las civilizaciones” que abreva en los valores arriba mencionados y supone el ejercicio de la libertad creadora.


Bibliografía

Abou, Selim, L´identité culturelle, Editions Anthropos, Paris, 1981.
Achúgar, Hugo, “Estado, sociedad civil y políticas culturales en el MERCOSUR”, en Sosnowaki, Saúl y Patiño, Roxana (compiladores), Una cultura para la democracia en América Latina, UNESCO / FCE, México, 1999.
Ainsa, Fernando, Los buscadores de la utopía, Monte Ávila, Caracas, 1977.
Ainsa, Fernando, Necesidad de la utopía, Nordan, Montevideo, 1990.
Ainsa, Fernando, Identidad cultural de América en su narrativa, Gredos, Madrid, 1986.
Barbero, Jesús Martín, López de la Roche, Fabio y Jaramillo, Jaime Eduardo (eds.), Cultura y globalización, Ces/Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1999.
Benedetti, Mario, “Identidad y cultura”, en La Comunidad Iberoamericana de Naciones en la Casa de América, Casa de América, Madrid, 1997.
Biagini, Hugo E., Fines de siglo, fin de Milenio, UNESCO/Alianza Editorial, Buenos Aires, 1996.
Colombres, Adolfo (coordinador), América Latina: el desafío del Tercer Milenio, Ediciones del Sol, Buenos Aires, 1993.
de Bernard, François, Dictionnaire critique de la mondialisation, Le Pré aux Clercs, Groupe d´études sur les mondialisations, París, 2002.
“Declaración de los intelectuales latinoamericanos por una mundialización humanista”, en Pensar la Mundialización desde el Sur, IV Encuentro del Corredor de las Ideas, UNESCO, CIDSEP, Konrad Adenauer Stiflung, Asunción, Paraguay, 2002.
El Correo de la Unesco, entrevista de Fernando Ainsa a Carlos Fuentes, 1982, pág. 8 y sigs.
Feaatherstone, Mike (editor), Global Culture: Nationalism, Globalization and Modernity, Sage Publications of London, Newbury Park and New Delhi, 1990.
Fraser, Nancy, Iustitia interrupta: reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”,
Siglo del Hombre Editores, Universidad de Los Andes, Santa Fe de Bogotá,1997.
Fuentes, Carlos, Valiente mundo nuevo. Épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana, Fondo de Cultura Económica, México, 1990.
García Canclini, Néstor, Culturas híbridas. Estrategias para entrar y salir de la modernidad, Sudamericana, Buenos Aires, 1992.
García Canclini, Sergio, La globalización imaginada, Paidos, Buenos Aires, 1999.
Henríquez Ureña, Pedro, Plenitud de América, Peña-Del Giudice editores, Buenos Aires, 1952.
Lipovetsky, Gilles, “La revolución de la autonomía”, en A.A.V.V., El sujeto europeo, Pablo Iglesias, Madrid, 1990.
Massuh, Víctor, “La cultura latinoamericana: el problema de su autonomía”, en Cultura y sociedad en América Latina y el Caribe, UNESCO, París, 1981.
Massuh, Víctor, El llamado de la Patria Grande, Sudamericana, Buenos Aires, 1983.
Montiel, Edgar, El humanismo americano. Filosofía de una comunidad de naciones, Fonde de Cultura Económica, Asunción-Lima, 2000.
Morandé, Pedro, Cultura y desarrollo, en Josef Thesing (de.), América Latina: tradición y modernidad, Konrad Adenauer Stiftung, v. Hase & Koehler Verlag Mainz, Mainz, 1991.
Ortiz, Renato, “Diversidad cultural y cosmopolitismo”, en Jesús Martín Barbero, Fabio López de la Roche y Jaime Eduardo Jaramillo (editores), Cultura y globalización, CES/ Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1998.
Recondo, Gregorio, Identidad, Integración y Creación Cultural en América Latina, UNESCO / Belgrano, Buenos Aires, 1997.
Recondo, Gregorio, El sueño de la Patria Grande. Ideas y antecedentes integracionistas en América Latina, CICCUS, Buenos Aires, 2002.
Ricoeur, Paul, Temps et récits, Seuil, Paris, 3 vols.,1983-1985.
Ricoeur, Paul, Hermenéutica y estructuralismo, Megápolis, 1975.
Ribeiro, Darcy, Las Américas y la civilización, Centro Editor de América Latina, tres tomos, Buenos Aires, 1969.
Stabb, Martin S., In quest of identity, The University of North Carolina Press, 1967.
Hay versión castellana, América Latina en busca de una identidad, Monte Ávila, Caracas, 1968.
Sosnowaki. Saúl y Patiño, Roxana, Una cultura para la democracia en América Latina, UNESCO/FCE, México, 1999.

Todorov, Tzvetan, La conquete de l´Amérique. La question de l´autre, Seuil, Paris, 1982.
UNESCO, Identidad cultural en América Latina. Número especial Culturas. Diálogo entre los pueblos del mundo, Paris, 1986.
Torres Fierro, Danubio, “La fortaleza americana. Conversación con Carlos Fuentes”, en diario La Nación, 15 de diciembre de 1991, Sección 7a., pág. 1.
Uslar Pietri, La otra América, Alianza, Madrid, 1974.
Uslar Pietri, Arturo, “Nación y libertad en la América Latina”, en Diógenes, núms. 123-124, revista del Consejo Internacional de Filosofía y Ciencias Humanas, en colaboración con la UNESCO, México, 1984.
Zea, Leopoldo (comp.), La esencia de lo americano, 4 vols., Fondo de Cultura Económica, México, 1993.



Rate this content
 
 
 
Average of 32 ratings 
Rating 2.94 / 4 MoyenMoyenMoyenMoyen
SEARCH
Keywords   go
in 
Translate this page Traduire par Google Translate
Share

Share on Facebook
FACEBOOK
Partager sur Twitter
TWITTER
Share on Google+Google + Share on LinkedInLinkedIn
Partager sur MessengerMessenger Partager sur BloggerBlogger