Ref. :  000006225
Date :  2003-03-23
Language :  Spanish
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Guerra, el nombre del otro

Author :  Ricardo Viscardi


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I. Se entiende con frecuencia que en el Foro social mundial de Porto Alegre 2003, la constatación más significativa fue la primacía del nombre “guerra” sobre el nombre “economía”. No estoy sosteniendo que se desarrolló una guerra de nombres, sino que el nombre de la guerra predominó cuando se trató de denominar la cuestión del otro, antes que el nombre “economía”.

Esta hegemonía estratégica de la guerra, en materia de denominación, en materia de otro-que-yo, implica un giro en las condiciones de comprensión y de lectura, de conceptualización como tal, de la tradición teórica de la guerra. Esta tradición quiere que la guerra sea determinada por un ciclo más prolongado, básico con relación a todo otro, permanente por antonomasia, de forma tal que la guerra no constituye sino un efecto de la crisis del fundamento (de una estructura, de una identidad, de un país, de una civilización, de una formación diferenciada en su condición necesaria).

La naturaleza misma de la guerra era, en esa tradición teórica prevaleciente en occidente, efecto de una naturaleza de contenido determinante, supeditación en cuanto a la determinación, que se apoderaba de la significación de cada proceso. Se suponía indefectible, para superar la guerra con la paz, una medida en que la paz se transformaba a sí misma, suponiendo con cada giro en el sentido de un mayor bien, la transformación de la guerra para mejor.

Cada vez la paz sería superior a sí misma y la guerra menos mala.


II. El optimismo en cuanto a la historia, se sabe ya por laudo consolidado, claudicó al fin de la 2ª Guerra Mundial. Ese optimismo fue quebrado por la obsolescencia del criterio del fundamento de la guerra en la naturaleza de la paz. La paz no funda la guerra, ni para bien ni para mal, porque no hay ninguna relación de causa a efecto entre el exterminio sistemático del enemigo designado por un (mega, si se quiere)relato y cualquier sistema de realidad, sociedad, ideología, etc.

Tal exterminio natural como consecuencia del exterminio en el relato, quiebra la base sistemática de cualquier sistema que se suponga real en el sentido de la correspondencia recíproca: el pensamiento (todo sistema es ante todo un “sistema de pensamiento”(-Derrida-). De ahí: Después de Auschwitz no es posible pensar.

La reflexión sobre el totalitarismo (como tal, por encima de inscripciones tópicas) es la verdadera piedra angular de la elaboración reflexiva después de la 2ª Guerra Mundial. Atraviesa en su interrogación inicial a la Escuela de Frankfort, motiva la reacción anticonsumista de mediados de los 60’, inspira las mejores reediciones del liberalismo y lanza al post-68 en una vía ética que renueva la filosofía por la senda perdida postestructuralista y postanalítica, para cristalizar finalmente en la postmodernidad.

Sin embargo, la globalización llegó para inscribir condiciones que la reformulación crítica, en el sentido lato de decisión basada en las condiciones características de un proceso, no puede satisfacer. La razón de este inédito de la crisis, es que la globalización es por la inmediación del vínculo, radicalmente simbólica, contrariamente a muchos intentos de explicarla eco-nómicamente. El oikos (Derrida dixit) recibe el nomos en cuanto éste forma según la morada (oikos) el nombre del ser como tal (nomos) del lugar. Antes que el nombre estampe lo propio del lugar, el lugar de la morada ha manifestado el ente, al que se le dará ser nomos mediante.

El lenguaje es la morada del ser (Heidegger) no sólo marca el giro (lingüístico) de Heidegger con relación a su obra, sino en cuanto ésta marca indeleblemente la filosofía del siglo XX, manifiesta asimismo el giro lingüístico a partir del cual todos los “post” prefijaron y pre-fijaron la posteridad y la post-eridad, quebrando la continuidad ontológica y temática de la historia. La historia que tenemos desde entonces, es relato de parte inclinada, inhabilitada por lo mismo para fundamentar cualquier relato en un lugar (oikos) que se manifieste antes que un nombre (del ser de un ente).

Lo que la globalización le agrega a esa escena intelectual es decisivo: la convierte en lo propio de la actualidad. Llega a esta hegemonía del nombre sobre la cosa por la vía de la comunicación, que es un activismo de la comunidad. La actualidad del activismo como medida del mundo (El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, de las que no son en cuanto no son -Protágoras-) es posible porque las técnicas de la globalización, son técnicas del vínculo de significación y no del vínculo de referencia.

Son técnicas performativas, dándole a Austin no ya la verdad de una parte de los enunciados –remitiendo los constativos a su provincia-, sino la verdad como tal del primado de la actividad de enunciación sobre cualquier otro decurso de la experiencia.


III. La mediatización generalizada (globalización) lo ha vuelto inmediato todo. Como tan felizmente lo señala Virilio, mediatizar ha dejado de significar, tal como ocurría en el siglo XVIII interponer algo (lettre de cachot) para sacar a alguien del medio, sino que supone ahora vincularlo todo con todo, en el sentido de cada quién con cualquier otro. Cualquier otro es ahora mi prójimo y si ello no ha acarreado una mayor vigencia de los derechos humanos, ha acarreado sin embargo un Foro Social Mundial que se parece más que cualquier otro precedente a “soy prójimo de un semejante”.

Se ha transformado la noción de medio, porque lo que es inmediato ha dejado de ser un vínculo precedente, para pasar a ser un vínculo procurado. El incremento de movilización, bajo forma de activismo comunicacional presenta todos los problemas del activismo (aventurerismo, narcisismo, voluntarismo), pero pone de relieve que la contingencia de la ajenidad del otro es una condición insoslayable del humano. Protágoras encuentra una reinterpretación a su favor: hombre es cada quién, en la medida en que con su propia medida individual es la medida de todas las cosas (Silva García dixit). Cada uno es el patrón de medida del universo y éste no es uno sino según y para cada versión.

Esta singularidad enunciativa de la experiencia, cuando ya no se trata de una inmediatez del vínculo precedente (lo que mediatizaba la lettre de cachot), sino de un inmediatismo del vínculo procurado (lo que mediatiza el artefacto), nos coloca asimismo de cara al otro como otro para cualquier rostro que sea. Esa condición simbólica de la mediatización comunicacional (activismo de la comunidad regida por un vínculo de significación), implica que otro es siempre el nombre primordial de cualquier persona.

Polemos instala la confrontación entre todos los desiguales que supone cada uno y con esa disensión generalizada se instala la guerra, en su carácter simbólico primordial de enfrentamiento entre antagonistas. De nada vale pensar que en razón de la primacía de lo simbólico se ha ganado un gradiente de sublime, porque ello supondría olvidar que la condición del activismo de la comunidad es la tecnología y que ésta supone artefactos cuyo dominio está tan desigualmente distribuido como la riqueza. Quizás de ahí provenga la confusión entre el analogon (la economía) y lo propio de la globalización (la comunicación). Es cierto que las dos suponen un vínculo de designación, pero con calidad determinante para la comunicación y determinado para la economía.


IV. Bush hijo perfeccionó el golfo de la guerra. Es una bolsa llena de profundidades, especies en vías de extinción, dentelladas, seres despedazados, tiburones satisfechos y tiburones de trofeo. Hemingway hubiera pescado con placer en esas aguas infectadas. Son las aguas de Homero, las de Shakespeare, las del manco de Lepanto. Le debemos a Bush (hijo del otro Bush) haber convertido la actualidad en un folletín por entregas. Pero asimismo, la actualidad fue siempre lo que escondió la profundidad marítima de la contingencia. La actualidad de una superficie, incluso en la tempestad, impide ver que son los elementos desatados los que la ponen en primer plano.

La comunicación ha desatado simbólicamente los elementos del paisaje marítimo que llamamos “Humanidad”. Bush representa tan sólo la inevitable tempestad de un mar de mensajes inconteniblemente agitado por el activismo a ultranza de los artefactos. Basta releer los que hoy se nos antojan clásicos, como McLuhan, para recordar que una transformación de los asuntos humanos mediando una movilización intensa de los vínculos está al orden del día de la tecnología actual (acarreando catástrofes posibles). Asimismo, la guerra fue el análogon del devenir heracliteano y de ese cuestionamiento de la condición unánime del ser también extrajo Platón su propia dialéctica, que hoy nos parece más pacífica que lo que en su momento fue.


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