Ref. :  000005735
Date :  2003-02-10
Language :  Spanish
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Gobernanza

Gobernanza

Author :  Georges Navet


En un primer sentido, preciso y casi técnico, la palabra “gobernanza” designa una manera particular de gobernar. En un segundo sentido, más amplio y vago, ésta tiende a designar la manera de gobernar en general. Sin embargo, en el último caso, es a menudo en el adjetivo acompañante en el que recae la tarea de apuntar hacia el primer sentido, o hacia alguna cosa que se le pareciese. Cuando, por ejemplo, hablamos de “nueva” gobernanza, la oponemos a una “antigua” que, por definición, viene así a relevar al mismo concepto. Sin embargo, se sobreentiende que la “antigua” era una “mal gobernanza”: una gobernanza que no se adecuaba a su concepto. Somos de este modo reconducidos al primero de los sentidos – que se trata, entonces, de intentar delimitar. Es probable que sea por medio de la gobernanza llamada « global » que el término ha entrado en el vocabulario francés (o, sobre todo, ha re-entrado, puesto que en el Antiguo Régimen éste designaba unas jurisdicciones reales). Sea cual sea, es decir, toda cuestión de origen alejado, el medio mencionado proporciona el mejor ángulo de acercamiento, como si dilatándose a escala planetaria la noción volviese más visibles las maneras de comprender y de operar que la caracterizan y que quedan, sin embargo, análogas a unas escalas más reducidas.

¿Cuál es el eje común de los diversos autores que, a finales de los años 1980 o comienzos de los 1990, “lanzan” el concepto de gobernanza global? La coincidencia con el fin de la oposición entre Este y Oeste que hasta entonces constituía el telón de fondo de las relaciones internacionales no tiene sin duda alguna nada de fortuito. Los autores mencionados parten de una doble constante: 1/ un orden (en la ocurrencia “global”) es necesario; 2/ los gobiernos no son suficientes para asegurarlo. No se trata, por tanto, de crear un nuevo orden ex nihilo. Los autores no se presentan sobre todo como unos utópicos, ni siquiera para las personas que querrían empujar o forzar la realidad de las cosas. Estos se presentan sobre todo como unos analistas o unos observadores que señalan unas líneas de fuerza, unas tendencias de fondo que están ya en marcha. En otros términos, pretenden reenviar al mundo la imagen de aquello que éste es verdaderamente (por el rodeo de aquello que llamamos hoy la “reflexibilidad”). Pero no se detienen ahí. Estas líneas de fuerza, estas tendencias de fondo, es necesario si no institucionalizarlas, al menos reconocerlas - hacerlas pasar de la reflexibilidad al reconocimiento. De descriptivo, el discurso pasa a prescriptivo, esta cercanía a la prescripción se supone que procede, no de los actores mismos - que de observadores pasarían a ser actores – sino de la realidad y de su devenir. Una política, o al menos una manera de gobernar, se sugiere de este modo que consistiría menos en proponer una orientación o una dirección, que en percibir las fuerzas portadoras de este devenir y en facilitar la emergencia, la expresión y el reencuentro. De método de análisis, la gobernanza se muda insensiblemente en método de gobierno.

Si los gobiernos, en el sentido habitual del término, no bastan o ya no como antes para asegurar un orden mundial, ¿qué otras instancias pueden contribuir a éste? Las instancias, precisamente, que son en ellas mismas y por ellas mismas productoras de orden. Entendemos por gobernanza, en el sentido más duro y neto de la palabra, el mecanismo por el cual una sociedad o una organización cualquiera establecen las reglas de conducta y de acción que les permiten perpetuarse y crecer. La perpetuación significa la viabilidad, el incremento añade el dinamismo ininterrumpido (el “desarrollo durable”, por ejemplo); los dos prueban la pertinencia de las reglas internas por el éxito que ellos permiten. Las reglas, contrariamente a aquello que tiene lugar para un Estado, no necesitan forzosamente ser dictadas por un legislador; éstas no necesitan forzosamente ser conscientes, basta con que informen las conductas y las acciones llevándolas al éxito en el orden de la actividad considerada.

Idealmente, el error debería bastar como sanción: la gobernanza ideal se impone por ella misma, por la fuerza de las cosas, de manera en todo caso impersonal. Prácticamente, se acordará la posibilidad de que exista una autoridad de control, a condición de que ésta se contente con hacer respetar las reglas espontáneamente surgidas de la sociedad o de la organización, sin pretender jamás imponer otras exteriores. La gobernanza es, así pues, a este nivel, la autorregulación o el autocontrol de una esfera de actividad. El mercado y la empresa, tal y como son pensados por el liberalismo, son evidentemente los modelos.

(Traducido por Sara Nso)


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