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Date :  2007-07-23
Language :  Spanish
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Culturas del mundo

Culturas del mundo


La terminología « culturas del mundo », empleada hoy en día en múltiples contextos, se desarrolla en 1982, fecha (según Jean Malaurie) de una de las “creaciones más originales de la posguerra, la Casa de las Culturas del Mundo en París. Ella corresponde a una orientación de la investigación pero también a un contenido ideológico de la institución.

La palabra « culturas », en plural, señala un nuevo matiz pero de importancia. Hasta ahora, el término, empleado a menudo en singular, trata de circunscribir un concepto tan amplio como vago.

Para los griegos, ¿la cultura era la civilización o bien el logos que contenía la existencia humana? Platón da un lugar importante a la música en la cultura, donde se frecuentan elocución, retórica, poesía, teatro y deporte, mientras que para Aristóteles, cultura y saber se confunden. En Oriente, los nomadismos de criadores o de guerreros no diferencian cultura y modo de vida.

Jean Duvignaud se desmarca de ese concepto estable, presentando las culturas como respuestas a las cinco instancias o cuestiones que atormentan o desesperan a los humanos: la muerte, el hambre, el sexo, el sufrimiento, el trabajo. Cada individuo, cada micro sociedad, cada comunidad, cada pueblo considerarían intentos de solución, o al menos de enfrentamiento, que constituirían fragmentos tranquilizadores o estructurantes, o inclusive simplemente paliativos, llamados “culturas”.

Así, en cada parte del mundo, el hecho cultural, se justificaría por una tentativa de cicatrización, un intento de rellenar la abertura dolorosa. Este se frotaría a los pavores, los estupores, los estados de conciencia modificados, como el éxtasis o la posesión, en la construcción de procesos rituales; abordaría el juego y la astucia, con el espectáculo y en particular los teatros y las danzas (maracatu, congada de Brasil); rozaría las percepciones extremas con las músicas de los instrumentos (dun-chen de los monjes budistas de las regiones del Himalaya) y las voces que cantan, aquellas que despiertan el deleite triste (flamenco, blues, fado, rebetiko) o bien el estremecimiento provocado por el “cantado-aullado” de los chamanes uzbecos de Beysunn.

Las culturas ayudan a los humanos a no hacer más de sus vidas una sumisión a la comida, la protección en su abrigo, la perpetuación de la especie. Gracias a ellas, pueden, en ciertos casos, soportar el peso de los inadmisibles enigmas. Frente al angustioso cuestionamiento recurrente, ellas dan testimonio de las incertidumbres y de las debilidades. Su fragilidad proviene de su labilidad, pero también de la inquietud que suscitan en las capas dominantes de las diferentes sociedades. La primera reacción de la gente de poder o de la religión establecida: la desconfianza, ésta hace que las creaciones culturales no se encuentren siempre del lado del buen derecho y del poder político. Ellas contienen casi siempre un germen subversivo pues buscan dejar atrás las evidencias. Los Césares, los jefes de guerra, los arzobispos y “metropolitas” las decapitan, provocan proposiciones gratificantes para su gloria o bien recuperan los “actants” culturales; ritualistas, creadores, actores, poetas, oradores, músicos, escultores, pintores, para alojarlos en una hornacina aislada, bajo su ala, de donde no saldrán fácilmente y sin perder su fuerza y su sabor.

Los actores culturales no llegan a conservan, no su estatus sino su estado de gracia, si no es gracias a la lucha y a la rebelión. Constituyen creadores y transmisores en libertad condicional.

En cada parcela del planeta, el sobresalto vital que es la cultura se revela autónomo y diferente. La diversidad cultural, inmensa, cuenta con tantas formas como grupos humanos, como lenguas, como escalas musicales, timbres de voz y técnicas vocales, como pasos de baile.

Cada cultura es única, inclusive si pide prestado o se mezcla con las expresiones vecinas, inclusive si parece copiar servilmente o al contrario remedar los elementos identitarios de los otros. El ejemplo de los bwiti –de los diferentes pueblos de Gabón- subraya la mezcla del hecho terapéuticamente local, del culto a los ancestros, del aparato del catolicismo, de las marcas de colonialismo, con las mezclas de lenguas, instrumentos de música, gestos simbólicos, personajes heteróclitos: curandero, paciente untado de caolín pembé tradi-farmacéutico en dalmático obispo, portador de cruz, suboficial, enfermera, árbitro deportivo y su silbato.
Cada cultura viva se revela dotada de movilidad. Fluctúa en la duración, más o menos rápidamente, como en la intensidad.

El chicholi, ese teatro africano de la isla de São Tomé, sacado prestado a los colonizadores portugueses del siglo XVI, se nutre de un relato medieval europeo (el ciclo de Carlomagno), un texto poético portugués antiguo, réplicas apócrifas, jirones de creencias “manistes” de regiones del Golfo de Guinea, reivindicaciones de independencia, una acumulación heteróclita y anacrónica de vestidos y accesorios. Gracias a un desorden sin cesar reinventado, los pescadores y cultivadores, antiguos esclavos de la isla, que los pueblos vecinos consideran como africanos inferiores, se construyen una identidad.

Para cada cultura, el objetivo de la expresión cultural se define de manera particular según las problemáticas geográficas encontradas. Le teyyam de Kerala, al Sur de la India, religión dramática, arrastrado por el éxtasis de los rituales, se da objetivos terapéuticos, adivinatorios, necesarios a la supervivencia de un grupo fuera de casta y marginalizado.

Toda cultura, no pudiendo ser confundida con la Historia, testimonia por lo tanto de la historia del grupo: elección de un tipo de existencia (nomadismo, caza, cosecha, cría, agricultura, industrialización económica de mercado…), enfrentamientos con todo lo que fragiliza (epidemias, tifones, tormentas, huracanes, guerras, invasiones, colonizaciones, exilio), aptitudes al cambio (tráfico, don, gastos rituales, sacrificios), inspiración para la creación de mitos…

El rol de aquellos que se dicen respetuosos de las culturas se revela difícil: observación, capacidad de juicio, de repertoriar, respeto, tolerancia, beneficios otorgados tanto a los transmisores como a los creadores, protección, salvaguardia, justicia, análisis de los factores de perturbación que puedan entrenar a una pérdida o a una desaparición de alguna forma…

Como un ser vivo, una cultura germina, se desarrolla, se realiza, puede ser herida, sufre, decae y muere. La desaparición de una cultura puede acarrear posiblemente el fin de un pueblo, consideración que alerta a la UNESCO, la noción de protección del patrimonio inmaterial de la humanidad emerge entonces. Ella no se opone, sino que afirma la atención hacia los testigos materiales culturales: menhires, fortalezas, puentes, castillos, iglesias, mezquitas, templos, etc., eso que Jean Duvignaud llama “el hueso”. En cuanto a “la carne”, las formas culturales inmateriales la constituyen.


Traducido por Gladys Olivera Grotti


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