Ref. :  000019769
Date :  2005-02-15
Language :  Spanish
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1994

Author :  Ricardo Viscardi


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La época del desencanto de la propuesta

El desencanto sólo puede instalarse en un escenario pleno de promesas. Una correlación entre condiciones y percepciones, propia de la modernidad, dispone de un criterio para el desencanto tanto como para el entusiasmo. Si una paridad en la conciencia no sostiene los propósitos y los logros por igual, sobreviene en (tanto que) verdad la irrealidad. En la trópica moderna el desencanto se instala por el tropiezo de los propósitos en las condiciones, incluso en aquellas que sostienen a los propios propósitos. En esa perspectiva de la época del desencanto, si hubiese tal en mientes, no podría provenir sino de una pro-visión del devenir de los acontecimientos. El raudo desencanto que gana actualmente la escena latinoamericana con relación a gobiernos con pauta genuina de emancipación, ancla en una condición moderna, dirige la mirada a la época del desencanto de la propuesta.


El desencanto de la propuesta de época

La victoria electoral de la izquierda motiva tanto la nostalgia del Uruguay perdido en la noche del segundo batllismo, como una multiplicación de recaudos ante un entusiasmo desmesurado, que sin embargo nadie parece pregonar. Estos dos movimientos del sentimiento no corresponden sino a una única provisión de proyecto: reeditar el ensayo de una cohesión social a partir de la égida estatal. La fatal progresión del progresismo por la avenida de la victoria, en un universo que ha abandonado las avenidas para la toma del cielo por asalto, aquilata el impulso que la represión vigorizó al pretender reducirlo.

A través de partidos llamados “tradicionales” la derecha uruguaya intentó echar por la borda un lastre socializante y laico, propio de un destino atado a la independencia regional (ante las potencias vecinas) y por lo mismo, a la cohesión política de las instituciones. Ese nicho geopolítico (de la economía por su tamaño y de la cultura por su tercerismo internacionalista) articulado a través de la institucionalidad pública, se tradujo en una racionalidad social estatal que el batllismo interpretó sagazmente. La proyección de ese impulso que atravesó a un partido fundacional y contagió al otro, instaló la perspectiva de “una fase superior del estatismo”, que encarnaba inequívocamente el paradigma socialista. El Uruguay de la segunda mitad del siglo XX no podía sino ser, en un registro ampliamente mayoritario, de izquierda, laico y estatista.

La perversión política de ese sesgo izquierdista se encontró favorecida, bajo la tutela de una supuesta perspicacia modernizadora de los partidos tradicionales, por dos tendencias mundiales del último cuarto del siglo XX. La Guerra Fría primero, con su arsenal de “Ideología de la Seguridad Nacional” y la “Revolución Conservadora” después, con el auge del monetarismo ideologizado, tanto se apoyaron sobre el freno como respaldaron la justificación de una opresión que se pretendía clarividente. En cuanto se asfixian exóticamente en contexto de impronta izquierdista arraigada, la falencia de esos dispositivos de postergación y contención abrió espacios generosos para los relatos de emancipación.

En el Uruguay se perfilan dos estructuras de narrativa emancipatoria: primero la liberación popular de los años 60’ y más tarde, la reivindicación democrática de los 80’. Estos relatos presentan en común, contrapuestos a la desviación de la misión integradora del Estado, la característica de una fundamentación nostálgica. Mientras la sublevación de los 60’ se contraponía a un alineamiento internacional que rearticulaba los papeles nacionales del capitalismo, la reivindicación democrática de los 80’ propendía a la restauración de costumbres amenazadas en su misma existencia.

Se introduce por vía ínfima y subrepticia un devenir social pautado por necesidades y sentimientos contextualizados, que por otro lado entra en contradicción con figuras retóricas sin correspondencias coyunturales. Esa inactualidad de la propuesta generó, ante una idiosincracia agredida en sus convicciones, el curioso laudo de una victoria que se confirmaba tendencialmente en las urnas, pero que sufría derrotas puntuales a la hora de las discusiones cruciales. La victoria sin debate de Vázquez en la primera vuelta electoral del 2004 estampa, más allá de la renuencia a la polémica por razones mediáticas, la retrogradación enunciativa de una creciente acumulación de fuerzas. La galvanización jerárquica de las estructuras internas, la adopción tecnocrática de una concentración a distancia, la hagiografía de figuras descollantes y las soluciones combinatorias para salvar los hechos, son otras tantas pautas de una deflación ideológica cuyos fundamentos –acaso asaz pertinentes- no se encuentran sin embargo sostenidos en la perspectiva propuesta.

En el revés de la trama se fragua la alternativa a la restauración nostálgica de la socialización institucionalista del Uruguay, a través de la “iniciativa popular” expresada en sucesivos referendums para la revocación de respectivas normas constitucionales y leyes nacionales. Esta señal de actividad política no es significativa tan sólo por lo que formalmente se logra en algunos casos (la derogación de una ley, el abandono de una reforma constitucional), sino por el habitus de movilización y decisión al margen de la sistematicidad partidaria de Estado en la actividad política. Esta informalidad ideológica de la opinión (correlato de una creciente informalidad idiosincrática e incluso económica) supone un recurso ante procesos de hiperintegración institucional (por ejemplo las reformas constitucionales electoralistas), como los que ya ocurrieran y pueden volver a repetirse en el Uruguay.

1994 es la figura clave de este emergente, fecha en que se rechaza por referendum la reforma constitucional auspiciada por el conjunto de los partidos políticos. Desde entonces un imponderable político gravita sobre las condiciones posibles. Este elemento virtual pero actualizable constituye el tenor propio de una diferenciación crítica, ante eventuales falencias y aciertos de una nostalgia integradora en el Estado, cuya nota patente es el desencanto de la propuesta de época.




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